En torno a la singularidad de la Shoá

15/Abr/2015

Enlace Judío, Por Raquel Hodara

En torno a la singularidad de la Shoá

1- Lo evidente: la singular industrialización
de la muerte.
En
ningún lugar, salvo en la Europa ocupada por Alemania, existió un aparato con
la sola y única finalidad de llevar a cabo, con la mayor eficacia posible, el
asesinato masivo de seres humanos de ambos géneros y de todas las edades.
Inagotables esfuerzos e incontables horas de trabajo fueron invertidos para
lograr este cometido: se mejoraron los sistemas de transporte – alargando vías
de ferrocarril, incrementando la cantidad de personas que podrían ser
introducidas en cada vagón, sincronizando mejor los horarios – se sofisticaron
las formas de engaño, destinadas en especial a evitar toda resistencia por
parte de las víctimas – se optimaron los métodos de asesinato – con la activa y
entusiasta colaboración de médicos y científicos – para hacerlo “más humano” y
menos prolongado y se planearon y erigieron en Polonia- también principalmente
por razones de eficiencia – las instalaciones necesarias para la implementación
de los programas. Mientras que en dos de ellas – Auschwitz I y Majdanek –
existían también plantas de trabajo forzado, en las que algunos de los
prisioneros – seleccionados a su llegada- podían sobrevivir durante algunos
meses, en Treblinka, en Belzec, Helmno y Sobibor, lo único que se fabricaba era
la muerte. Los judíos eran conducidos a esos campos con el solo y exclusivo
propósito de que desaparecieran en el menor tiempo posible. Tal como le dijera
Rudolf Hoss a su cuñado durante una visita de este último a su casa en
Auschwitz (donde, como comandante del campo, vivía rodeado de todas las
comodidades, con su mujer y sus hijos): “ellos están aquí únicamente para
morir”. Desde que bajaban del tren hasta que sus cuerpos eran enterrados o
incinerados, transcurrían alrededor de dos horas. Franz Stangl, el comandante
de Treblinka, no contento con el ritmo del procedimiento, introdujo una serie
de mejoras que lo aceleraron aún más.
La perfección alcanzada se refleja en las
palabras de Jorge Semprún La Escritura o La Vida: “Lo que sucede es que en
todas las matanzas de la historia hay supervivientes. Cuando los ejércitos
pasaban a sangre y a fuego las ciudades conquistadas, quedaban supervivientes.
Había judíos que sobrevivían a los pogroms, incluso a los más salvajes, a los
más mortíferos. Hay kurdos y armenios que han sobrevivido a las matanzas
sucesivas…Por doquier, en el decurso de los siglos ha habido mujeres con los
ojos mancillados y enturbiados para siempre jamás y visiones de horror que
sobrevivieron a la matanza. Lo contarían. La muerte como si uno la presenciara
– ellas la habían presenciado. Pero no había, jamás habría supervivientes de
las cámaras de gas. Nadie jamás podrá decir: yo estuve allí. Se podía estar
alrededor, o antes, o al lado…”.
Basta una breve visita a Majdanek –en la que
podemos ver el trayecto andado por las víctimas desde su descenso del tren
hasta el sitio en que eran preparadas con brutal rapidez para su asesinato, el
lugar del asesinato mismo y la forma, meticulosamente planeada, de disponer de
los cadáveres – para percibir con nitidez el singular lugar de honor otorgado a
la muerte, casi diría el culto rendido a la muerte, en el mundo de esos campos.
2.- Lo inimaginable: el singular intento de
deshumanización.
Si desviamos la mirada del aparato de la
muerte para adentrarnos en la situación de los judíos bajo el dominio nazi,
notaremos de inmediato que el cuerpo no era lo único que se pretenda matar.
Desde el ascenso de los nazis al poder se dieron miles de pasos tendientes a
demoler por completo la dignidad del judío, entre ellos: las prohibiciones –
muchas de ellas dictadas aún antes de comenzada la guerra – de izar la bandera
alemana o de cantar el himno alemán, de donar sangre a un “ario”, de tener un
animal doméstico o de comprar chocolate, de tocar la armónica (en
Theresienstat, por ejemplo) de leer libros de autores alemanes o de ejecutar
música de compositores alemanes (salvo en Auschwítz, en donde eran obligados a
ejecutarla, prohibiéndoseles en cambio música compuesta por judíos o
americanos.. .), la obligación de ostentar el distintivo judío, el aislamiento
progresivo (bajo el pretexto de que los judíos propagaban epidemias) el
insoportable hacinamiento en los guetos.
Una vez tomada – en el transcurso de 1941 – la
decisión acerca de la “Solución Final”, el arrancarlos de sus hogares y de su
entorno para transportarlos en vagones de ganado, manteniéndolos en la más
absoluta ignorancia respecto al destino y la duración del viaje. (Prestemos
atención: las estrategias de engaño, tendientes a impedir la resistencia,
negaban a los judíos las condiciones necesarias para ejercer su libre albedrío,
uno de los atributos primordiales del ser humano). Una vez llegados a los
campos, el rapado total, el despojo de la ropa y de todos los efectos
personales, (incluyendo lentes, por ejemplo), el tatuaje de un número, la falta
absoluta de privacía en las barracas, el dormir en el camastro junto a dos o
tres extraños (que además cambiaban frecuentemente debido a la muerte de los
anteriores), la indescriptible suciedad, la desaparición de todas las
jerarquías que determinan usualmente una gran parte de nuestra identidad, la
ausencia de toda ceremonia – festiva o luctuosa – la imposibilidad de llorar a
los muertos.
Y la misma muerte, tan impersonal, como si se
les hubiera querido negar el último de los anhelos humanos, expresado en
palabras tan estremecedoras – (como nos lo recuerda Jean Amery, importante
escritor y sobreviviente de Auschwitz) por ese gran poeta alemán que fuera
Reiner María Rilke: “Oh, Dios, dale a cada uno su propia muerte”. Esta resalta
aún más si comparamos esta forma de morir con la que les estaba destinada a los
prisioneros polacos: a éstos se les “juzgaba” ante “corte marcial” y se les
fusilaba; el gas estaba destinado únicamente a judíos y gitanos. Empero, a la,
sofisticación más perversa en este derrotero tendiente a la deshumanización, se
llegó sin duda en el así denominado “asalto o agresión – excremental”- las medidas
tomadas para convertir las necesidades básicas inevitables e impostergables en
un acto denigratorio de dimensiones que no me atrevo a describir. Podemos
tratar de imaginarlas cuando entramos a la barraca de las letrinas en Auschwitz
II (Birkenau), pero creo que aún ante las pruebas tangibles, nuestra mente se
niega a dibujar un cuadro que refleje esta ignominia.
Ya lo dijo Charlotte Delbo, sobreviviente de
Auschwitz, explicando el motivo del entumecimiento emocional en el que se vivía
en los campos: “Habíamos podido imaginar lo peor, pero no lo impensable”.
Resumamos: los nazis no se conformaron con
quitarles a los judíos todos los derechos humanos (incluyendo el derecho a la
vida) sino que pretendieron también, con especial ahínco, quitarles el derecho a
ser seres humanos. La pregunta que sirve de título a la obra maestra de Primo
Levi -¿Es esto un hombre?- lo dice todo. El juez nazi Walter Buch ya se había
anticipado a responder al declarar en 1938: “El judío no es un ser humano; el
judío es un síntoma de podredumbre.”‘
3.- Lo inconmensurable: los singulares dilemas
éticos de las víctimas.
Los nazis, deseando quizá llevar a sus
víctimas a un grado de depravación que se asemejara al de ellos mismos, las
forzaron a afrontar los más atormentadores dilemas morales: aquéllos en los que
la elección no está entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor.
Pensemos por ejemplo en aquel padre que pregunta a su rabino si le está
permitido salvar a su hijo del “transporte,”‘(los judíos iban entendiendo poco
a poco la sórdida verdad que se escondía detrás de este engañoso eufemismo)
sabiendo que otro muchacho sería conducido en su lugar. El rabino calla y el
padre, interpretando ese silencio como respuesta negativa, se abstiene de
actuar. Pensemos también en el rabino que debe responder a una pregunta
semejante. Pensemos en aquellos miles y miles de hombres a los cuales –
habiéndoseles “garantizado”‘que seguirían en sus puestos indefinidamente
gracias a ser dueños de oficios especialmente requeridos – se obligaba a
escoger cuál de sus hijos habría de permanecer junto a ellos; en otras
ocasiones, la elección propuesta era entre la esposa y la madre. Pensemos en
aquellas parejas del Gueto de Vilna, a quienes se les concedieron certificados
de trabajo (temporales, como bien lo sabemos hoy) y la posibilidad de mantener
consigo a dos de sus hijos.
No olvidemos tampoco a los miembros del
Sonderkommando: aquellos judíos que podían prolongar su vida un poco más sólo
si lograban vivir, literalmente, en medio de la muerte y como parte de la
misma: se trataba de los grupos de prisioneros a cuyo cargo estaban todas las
tareas realizadas alrededor de las cámaras de gas: la recepción de los recién
llegados, su rapado, el entierro de los cadáveres en grandes fosas o su introducción
a los crematorios.
Los dilemas, ya lo hemos indicado, trascendían
de lo individual. Meditemos acerca de aquellos líderes, miembros del Judenrat
en cada uno de los guetos, que se debaten constantemente (en la mayoría de los
casos) entre su deseo de mantener con vida a sus comunidades y la necesidad de
cumplir sus funciones dentro del aparato nazi; pensemos en su ineludible
obligación de repartir la exigua cantidad de alimentos, que de ninguna manera
puede alcanzar para todos (como lo dice Emmanuel Ringelblum, el cronista del
Gueto de Varsovia y acervo crítico del Judenrat:: “está claro que si se reparte
a todos por igual, todos morirán”); preguntémonos qué haríamos nosotros en
cuanto a la “productivización”‘ de los guetos en una situación que RingeIblum
describe así: “‘Se trata de un nexo trágico: los judíos tienen derecho a vivir
únicamente cuando producen artículos para el ejército, alemán, se trata de una
tragedia sin parangón en la historia, que un pueblo que odia profundamente al
alemán pueda redimirse a sí mismo de la muerte sólo si contribuye a la victoria
de ese enemigo, victoria que significará el exterminio total de los judíos de
toda Europa y quizá del mundo entero”. En otras palabras: la única forma de
prolongar su vida era aquélla que aseguraba su propia muerte.
Pensemos – no evadamos la más terrible de las
preguntas – qué decisión tomaríamos nosotros, en el caso de que se nos exigiera
proporcionar una lista con varios miles de nombres para cubrir la cuota
requerida para el próximo transporte, prometiéndosenos a cambio, que el resto
de la población podría permanecer en el gueto. Cuando pensemos en ello, no
olvidemos que la opción de la resistencia no era real, que aquí, como en el
caso de la comida, no se trataba de salvar a todos o a unos pocos, sino de que
murieran todos o que una parte quedara quizá con vida hasta la anhelada
liberación (insistamos: ellos no pedían saber acerca de su destino final lo que
nosotros sabemos hoy). No olvidemos que pese a todo ello, cerca de dos tercios
de los líderes se rehusaron a entregar las listas.
Pensemos en Adam Czerníakow (el presidente del
Judenrat del gueto de Varsovia) que, al deducir que las personas incluidas en
las listas que se le exige entregar serían conducidas a la muerte y no a campos
de trabajo, decide suicidarse para ser acusado posteriormente de cobardía por
no pocos residentes del gueto.
Pensemos también en los jóvenes (en su gran
mayoría de 22-23 años de edad) que, sabiendo a ciencia cierta que su lucha
estaba perdida de antemano (por las circunstancias demográficas del gueto, por
la ausencia de todo lo necesario para un movimiento clandestino – dinero,
armas, medicinas, apoyo de la población circundante, una periferia que les
brindara apoyo, etc.) – se debaten entre su anhelo de combatir “para no morir
como trapos”, “para elegir siquiera nuestra forma de morir”, “para lograr tres
líneas en los libros de historia”, “para contribuir en algo a la construcción
de nuestra nueva patria” – y su temor de acelerar la destrucción total del
gueto, un gueto que en la mayoría de los casos se opone a la lucha de esos
jóvenes…
4.- Lo
desconcertante: la singular atracción ejercida por una ideología irracional.
¿Cómo pudo ser posible que cientos de miles de
seres humanos llegaran a ver en millones de otros seres humanos – hombres,
mujeres, niños y ancianos – al Enemigo, cuyo asesinato dejaba de ser un crimen
para convertirse en una misión sagrada? La respuesta a esta pregunta que no
deja de perturbarnos es sumamente compleja. Sólo quiero señalar que la persistencia
del asombro, se debe a la percepción correcta de que en este caso fueron
avasalladas no sólo las barreras de la ética (en el país de Kant…), sino
también las de la razón (en el país de Kant…).
Si analizamos meticulosamente la ideología
antijudía de los nazis, podremos observar que ella parte de una concepción
apocalíptica según la cual los judíos, por medio – de un plan demoníaco de
contaminación racial, estaban a punto de lograr su cometido de dominio mundial,
lo que llevaría a la inminente destrucción de la humanidad entera. La raza
aria, último bastión de pureza, debía entonces cumplir una misión salvadora de
proporciones universales: transformar no sólo la historia sino también el orden
natural, haciendo desaparecer de la misma al componente judío, definido no como
raza inferior sino como anti-raza.
Se trataba de un acto de Redención, en el que
Hitler fungía como Mesías. Por lo tanto, cada judío, deshumanizado y
desprovisto de individualidad identificado únicamente por su pertenencia a un
grupo “racial”, independientemente de quién fuera y cuál fuera su género, su
edad, su trayectoria personal, su nacionalidad, su lugar de residencia e
incluso la religión por la que hubiera optado, estaba destinado a desaparecer.
Ni la condena ni la posibilidad de evadirse de la misma, provenían de las
acciones del individuo. Una vez que los nazis optaron por la “Solución Final”
al “Problema Judío” – poniendo a su servicio todo el aparato burocrático y
tecnológico de un Estado totalitario moderno – los judíos no podían escapar a
su destino por medio de la emigración, la conversión, la huida o la rendición.
No era posible borrar de modo alguno la causa de su condena: el hecho de que
sus abuelos hubieran nacido judíos.
La ideología que condujo a la masacre era a
todas luces una ideología irracional, no solo porque el diagnóstico de los
males de Alemania (y del mundo entero) partía de una falacia absoluta, sino
también porque su implementación no habría de traer ningún provecho tangible a
Alemania. También en este aspecto se trata de un acto sin precedentes: – todas
las guerras, todos los genocidios, todos los actos de terror, persiguen un
objetivo utilitario – la obtención de territorio, de beneficios económicos, de
mano de obra, de hegemonía o el sofocamiento de actos de subversión. Los nazis,
en cambio, no pretendían obtener de la desaparición de los judíos sino eso: que
desaparecieran, incluso cuando para lograr ese objetivo hubiera que sacrificar
serios intereses alemanes. En otras palabras: mientras que en –todos los casos
que precedieron o sucedieron a la Shoá, el asesinato masivo fue un medio para
lograr un fin, en el caso de la Shoá, el asesinato fue en sí mismo el medio y
el fin.
5- Lo persistente: el singular temor a la
repetición.
Que en el centro de la Europa cristiana – casi
200 años después de que se hubieran aceptado (en apariencia, al menos), los
ideales de libertad, igualdad y fraternidad – tantos se prestaran a participar
activamente en la implementación de una ideología de tales características,
mientras muchos más aún permanecían indiferentes, es algo que no puede de
dejarnos impávidos. Cada vez son más los que piensan que la Shoá puso en
evidencia la fragilidad de dichos ideales en la civilización occidental. Nos
damos cuenta de que a pesar de no ser sino un caso más en la línea de violencia
que acompaña a la humanidad desde sus orígenes hasta nuestros días, algo hay en
ella que la convierte en la masacre por antonomasia, algo que aún se escapa a
nuestra comprensión.
Es, dice Jean FrancoisLyotard, como si se
hubiera producido un terremoto de tales proporciones que hubiera destruido no
sólo ciudades enteras, sino también los sismógrafos que habrían permitido medir
su magnitud. Con esta metáfora, Lyotard quiere indicar la terrible dificultad
epistemológica implícita en la comprensión de este evento. Creo que esto se
debe a que desde que la Shoá se insertara en nuestro mundo, ella nos obliga a
admitir precisamente porque se trata sin duda de un hecho histórico, perpetrado
por seres humanos que el hombre (cito una vez más a Primo Levi) es capaz de ser
cruel innecesariamente, de hacer el mal por el mal en sí, sin obtener de él
provecho alguno.
6.- Lo ineludible: el singular compromiso
moral.
La
evidencia de la singularidad de la Shoá es precisamente la que nos mueve a
reflexiones del significado universal. Ellas apuntan a las relaciones del
individuo con la sociedad, enfatizando que éstas no pueden eludir un compromiso
moral previo: el compromiso moral con uno mismo, cuyos elementos más
importantes deben ser, según creo, los siguientes:
La convicción de que el sendero que comienza
en la negación de los derechos humanos a los miembros de un determinado grupo
puede conducir a la negación de su derecho a la vida. Condición imprescindible
para evitar nuestro tránsito por ese camino es el reconocer, por fin, la
igualdad esencial de todos los seres humanos, incluso de aquéllos que parecen
ser totalmente diferentes a nosotros.
La comprensión de que cualquier ideología que
propugne la panacea absoluta a todos los males de la humanidad es susceptible
de causar los más terribles infortunios. Para no caer en la trampa de políticas
mesiánicas, es menester desarrollar un espíritu crítico que nos permita, en
caso necesario, nadar contra la corriente. Debemos luchar contra intentos de
santificar líderes o instituciones.
La toma de responsabilidad por cada una de
nuestras acciones, distinguiendo con lucidez entre lo legal y lo legítimo. Hay
momentos en los que la desobediencia civil es la mayor de las virtudes, como lo
demostraron de manera excelsa aquéllos que, arrastrando todos los peligros,
salvaron judíos en las más ‘terribles de las circunstancias. “Cumplí órdenes” –
frase repetida incesantemente por Eichmann durante su juicio – es no sólo la
más fácil entre las líneas de defensa; frecuentemente es también la más
abyecta. Ya hace siglos se explicaba que los Diez Mandamientos habían sido
formulados en la segunda persona del singular – y no en plural o en modo neutro
– para darnos a entender que el compromiso con los principios básicos es único
y exclusivamente nuestro; que aunque la absoluta mayoría declare que es lícito
asesinar, es nuestra responsabilidad – la de cada uno de nosotros – oponernos a
dicha decisión; que en lo que concierne a la ética, nuestra conciencia – y no
nuestros líderes – debe ser nuestra guía. El Talmud lo dice claramente: “‘No
hay emisario para las malas acciones”‘; el que las realiza, es tan culpable
como el que dio la orden. El principio de “obediencia debida” no puede tener
cabida en una sociedad que aspira seriamente a la justicia.
No pretendo sembrar ilusiones: incluso si nos
aproximamos a la comprensión de los factores que condujeron a la Shoá y
tratamos de educar – y de auto educarnos – hacia una visión opuesta a la visión
nazi, no hay garantía alguna de que logremos evitar hechos semejantes. En
cambio, podemos afirmar con casi plena seguridad que si nos desentendemos de
esta tarea, es mucho más probable que crímenes de proporciones similares vuelvan
a perpetrarse contra otras minorías indefensas. ¡Qué terrible sería que la Shoá
perdiera así su singularidad!
* Raquel Hodara Estudió Biblia y lingüística
hebrea en la Universidad Hebrea de Jerusalem. Especialista en el tema del
Holocausto.